Relatos

En esta página podrás leer relatos y otro tipo de composiciones míos. De esta forma, comparto con vosotros esa literatura que nunca saldrá publicada en papel, o que pueda servir de orientación para que conozcan mejor mi estilo de escritura. Espero que os guste. 

 

NOTA: todos los textos están registrados y se prohíbe la reproducción, total o parcial, de cualquier de ellos sin expresa autorización del autor.

 

 

Navegante de Palabras

Se subió a su barco de papel, con el petate cargado de mil personalidades diferentes, lleno de lugares idílicos o fantasmagóricos, abarrotado de situaciones y emociones. El remo de tinta se introdujo en las aguas tumultuosas de la inspiración infinita, y partió sin rumbo fijo hacia ningún lugar. El viento soplaba con fuerza desde los labios de las musas, y los rayos de las palabras se descargaban con todo su estruendo sobre la pequeña nao del navegante de los sueños. Y así, enfrentándose sin temor al mar de las historias sin contar, salía a pescar las letras que debían formar su sustento diario. Su alimento sin el cual no podía vivir. Por ello, cada día, navegaba el escritor en busca de su relato perfecto. El que nunca vería alzar entre las redes de su imaginación.

Amor Imposible

Me perdí en tus ojos. No me encuentro desde que el brillo de tu mirada cautivó mi alma y la atrapó entre las rejas de tu corazón. Me siento como caminante errante, sin destino fijo pero con una sonrisa de ámbar dibujada en mis labios, eterna compañera de mi felicidad cuando estoy a tu lado. Vuelo entre nubes de rubíes y esmeraldas, y el aire es el cálido aliento de tu respiración cuando abro los párpados y te veo durmiendo a mi lado, con la cortina de tus cabellos de amor cayendo sobre tu rostro.

Mírame otra vez al despertar, y devuélveme a ese estado de imperecedera esperanza de que todo va a salir bien entre nosotros. Mírame y di en silencio que el amor es algo real y tangible, y no una ilusión irrisoria de este cruel mundo. Mírame una vez más, como si fuera la última, y rompe las cadenas de mi congoja con la iridiscencia de tu sonrisa y las estrellas de tu boca. Mírame otra vez y deja que el velo de tu piel resplandezca más que el sol en cada amanecer, para darme la fuerza de no temer ni dudar, y hacer que la oscuridad se desvanezca cual fino hilo de telaraña bajo la lluvia del otoño.

Paseemos por nuestros poros, hagamos que nuestros dedos caminen sobre las sábanas que nos cubren y desnuden este sentimiento. Recorramos juntos con el tacto invisible de la pasión todo aquello que está vedado para el resto de los mortales, pero que se nos otorgó a ti y a mí como un regalo de dioses olvidados. Dejemos que los besos sean odas de nuestra dicha, que las caricias escriban en nuestra piel poemas ilegibles para nadie más, excepto para nosotros. Naveguemos juntos por los mares de la pureza absoluta, alejada de toda marejada de burdas y banales cópulas. Surquemos abrazados los cielos del amor, y observemos desde el firmamento cómo brillan los luceros infinitos de nuestra felicidad.

Sólo eso te pido. Sólo eso te puedo dar.

La Venganza de Njörd

Surgió de las aguas confundida, trastabillando con sus propias piernas y pisando con dudas sobre la fría arena nocturna, iluminada tan solo por las estrellas lejanas. Agotada por el esfuerzo, Virha se arrodilló y se apoyó con las manos para no caer al suelo. Exhalaba bocanadas de aire de forma profusa y con dificultad, pues no estaba habituada a respirar el oxígeno de la atmósfera terrestre. ¿Cómo se le había ocurrido la idea de transformarse en humana? Su condición de sirena de los océanos era un hándicap más para cumplir con la misión que padre, Njörd, dios de los mares, le había impuesto.

A los pocos minutos se recuperó y volvió a alzarse sobre sus hermosas y bien contorneadas piernas, recién adquiridas y a las que fue dominando poco a poco. Caminó con el paso cada vez más firme y se adentró en la playa hasta alcanzar la carretera adyacente, vacía de vehículos a esa hora de la madrugada. Inspiró otra bocanada de aire y lo expulsó con mayor facilidad, ya acostumbrada al aire húmedo que la rodeaba. Cerró los ojos un instante y disfrutó del olor del salitre que le llegaba de las olas rompientes que dejaba atrás.

Tras unos pocos segundos, volvió a abrir los párpados y sus ojos brillaron como piedras de oro puro. Sonrió con el gesto torcido y esperó a que sus hermanos y hermanas siguieran su camino, mientras salían de las aguas lentamente cientos de tritones y sirenas más. Todos iban armados con sus lanzas plateadas y sus armaduras hechas de coral. Se pusieron a la espalda de Virha y esperaron sus órdenes.

El fin de la Humanidad acababa de comenzar.

Relatos Concurso Casa de África 2016

En esta ocasión os dejo con tres microrrelatos con los que participé en el Concurso de Relatos de la Casa de África, en el año 2016. La temática tenía que girar en torno a la conexión del continente africano con Europa. 

 

 Aguas Negras 

 

Tengo miedo. Tengo mucho frío. Todo está a oscuras y no veo nada. Sólo se oyen los gritos y lamentos de los otros naúfragos como yo. Las estrellas titilan en un cielo negro sin luna, ofreciendo una visión bucólica a esa tumba marina en la que nos encontramos.

Pasan los minutos, y cada vez oigo a menos personas gritar. Seguro que se están ahogando todos. A mí también me tocará, estoy seguro, pero tengo una débil esperanza de que algún barco español o marroquí aparezca y nos saque de estas frías y bravas aguas.

Pasan las horas y las olas golpean sobre nosotros y nos balancean como si fuéramos guiñapos inertes; es imposible oponer resistencia alguna ante los embates de las espumosas crestas que coronan el océano.

Se me apaga la vida. El agua invade mis pulmones y dejó de respirar poco a poco. La muerte me tiende su mano y me sonríe con su morboso rostro al descubierto. Ha llegado el momento de partir a un mundo más allá del dolor y la miseria. No volveré a ver a mis padres, ni a mis hermanos, ni a mis amigos. La luz se aproxima. Ya está aquí.

Me llaman treinta y uno. Mi cuerpo descansa en una isla volcánica, dicen que hermosa y dura. Yo jamás la veré. Oigo lamentos desconocidos de personas con las que nunca hablaré. Alguien habla palabras sombrías en una lengua que no conozco.

Aquí, en un nicho de cemento, termina mi viaje.

 

Libertad

 

Los grilletes le apretaban en los tobillos y en las muñecas, pero Baku no se quejó. Miró a través de los resquicios que quedaban entre madera y madera de la estructura del barco y descubrió que estaban llegando cerca de alguna población de hombres blancos. Lo supo en cuanto observó los gruesos muros de un castillo que estaba pegado a la costa.

Ignoraba cuántos días había pasado encerrado allí abajo, en la bodega de la goleta, pero le daba igual. Odiaba a esos hombres, cuya crueldad no conocía límites.

Los había visto tirar a enfermos, mujeres embarazadas y a niños débiles por la borda, encadenados entre ellos para que el peso de los moribundos arrastrara al fondo a los que luchaban inútilmente por sobrevivir.

Esperó a que vinieran a por él alguna vez, pues sus fuerzas mermaban día tras día, pero jamás le hicieron el menor caso. Era como si fuera un ente invisible dentro de aquel infierno de sufrimiento y muerte aleatoria.

De repente, el restallido de un látigo mordió su espalda, llena de cicatrices. Les obligaron a subir por la escalinata de la bodega hacia la cubierta. Estaban desnudos, y quedaron cegados durante unos minutos por la luz del sol del mediodía.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luminosidad, observó cuál sería el final de su viaje. Más allá, sobre las adoquinadas calles, cientos de sus congéneres caminaban hacia la esclavitud.

 

 

Último Vuelo desde África

 

Los motores de los DC-3 rugían desbocados. Apenas quedaban unos minutos para que alzasen el vuelo sobre el vasto Sáhara y no volvieran nunca más. Cargados de decenas de variopintos equipajes, los aviones sólo esperaban que los pasajeros subieran por la corta escalerilla de acceso y ocuparan sus rudimentarios asientos.

El destino era Gran Canaria, y José Canela deseaba que ese momento no hubiera llegado nunca. Regresar al Archipiélago que le vio nacer, pero con una vida hecha en El Aaiún, era la consecuencia de haber pensado que su futuro estaba entre las mágicas dunas del desierto. Cuan equivocado estaba.

―Está todo, mi Comandante. ―El mecánico de vuelo se adelantó a informar a su oficial sobre la situación del equipaje de la tripulación y los pasajeros.

―Gracias, señor Canela. Es hora de volver a casa ―comentó el piloto, poniendo una mano sobre el hombro de su inseparable compañero de viajes.

El copiloto, un joven alférez, miró el panel de instrumentos del avión y suspiró, reflexionando en voz alta.

―Cuánto voy a echar de menos estos paseos entre las islas y el continente.

―Yo también, mi Álferez ―apostilló Canela, mirando a través de los cristales hacia el horizonte.

El avión correteó sobre la abrupta pista de despegue y alzó el vuelo como un guirre de acero.

En el oeste, sobre la línea de la costa, el sol se escondía detrás de las Canarias.

La Voz del Viento

Este microrrelato lo hice para conmemorar el día de Canarias de 2017, que se celebra cada 30 de mayo. Quise hablar en él de algo que acompaña a los isleños casi todo el año, que son los vientos alisios, y que son tan importantes para nosotros.

 

 

Me gusta la voz del viento. Me gusta cuando silba a los búhos y a los murciélagos por la noche, con sus labios de metal o madera, entrecerrados, y emitiendo agudas llamadas en la oscuridad.

Me gusta cuando ruge sobre las azoteas y proclama su reinado, bajo el sol cálido del Atlántico. Cuando baila al compás de millones de amantes de arena, que juguetean en los jables y las playas, invitándolo a formar figuras caprichosas y débiles edificios de mineral.

Me gusta cuando barre las olas del mar y las guarda en las orillas desnudas, de roca volcánica, cubriendo su tesoro salino en cuevas y oquedades que sólo él conoce.

Me gusta cuando habla conmigo, y me enseñas cosas nuevas que arrebata a las ciudades o a los campos. A veces viene triste, porque me enseña los desperdicios que los humanos desechamos. Pero otras veces, las que más, me trae el canto alegre de los gorriones, o el letal llamado del cernícalo, o la sombra fugaz de las garzas, que al atardecer vuelven a sus nidos.

Me gusta el arrullo de las canciones que entona, cuando viene con sus amigas: la lluvia y la tormenta. Entre los tres cantan melodías épicas, de batallas olvidadas y de tiempos de gloria perdidos.

Me gusta la voz del viento, cuando grita entre los árboles y llama al guanche, al maho o al tamarán, buscándolo incansable por el Teneguía. Llorando nombres por Garajonay. Reclamando respuestas a La Restinga. Sus alaridos se escuchan sobre el Teide, se pierden en el Bentayga y el Nublo, se esperanza en Jandía y anhela encontrar el final de su búsqueda en Timanfaya.

Inalterable, constante, amigo y confesor. Es el hermoso sonido de la naturaleza viva, del inagotable paso de los siglos. Es el latido vital de nuestra Madre Tierra.

Por eso me gusta la voz del viento.

 

 

Putas musas

Un problema común que tenemos lxs escritorxs es cuando tenemos mil ideas en la mente y no conseguimos darle forma. A veces es una sensación asfixiante, que nos bloquea durante horas, o incluso días. Sin embargo, una tarde quise exorcisar a mis musas y obligarlas a trabajar.

 

No quiere salir. Está ahí, dentro de mi cabeza, pero se niega a cobrar forma. Me agobia y me atenaza la razón, y me impide llevar una vida normal. ¿Por qué me haces esto? ¿Acaso no te he dado todo mi tiempo y cariño? ¿No te he otorgado toda mi inteligencia para que me ayudes? Pero me abandonas ahora, cuando más te necesito. Eres desagradecida como pocos. Qué ganas de que aparezcas y me saques de esta oscuridad creativa de una vez. Ayúdame a crear cosas nuevas, a imprimir imágenes de nuevo en papel. Tengo tanto que decir y tan poca capacidad para poder sacar todo afuera. Me encantaría que me siguieras de nuevo en otra aventura, o en varias, metiéndonos juntos en nuevos mundos, pero te has marchado, y a saber cuándo vas a volver. Eres una jodida alimaña sin sentimientos, que eres capaz de irte cuando las cosas estaban empezando a salirnos bien. ¡Maldita puta musa! ¿Dónde te metes?

Bitácora desde el Paraíso

Hace algún tiempo, un amigo tuvo que emigrar a tierras del Caribe para comenzar una nueva vida. Para animarle, le envié este microrrelato a modo de recuerdo y para que no olvidase nuestra relación, a pesar de la distancia que nos separa. Además, él lo usó para iniciar un blog que lleva este mismo nombre. Un hermoso gesto que nunca olvidaré.

 

 

El oro cae del cielo. El jet lag no me ha permitido descansar demasiado, pues un viaje como este te merma mucho la capacidad de soñar. El sol tiñe de dorado las límpidas aguas de este lado del Atlántico, y las ominosas sombras de las palmeras en la orilla de la playa comienzan a convertirse en silenciosos guardianes de colores grises y verdes que, una vez más, como siempre, velarán por dar cobijo a los obnubilados turistas que visitan la isla.

Meto los pies en el agua fría, que acaricia mis dedos con suavidad, con olas diminutas de diamantino brillo. Es extraño, puesto que aquí el océano tiene una transparencia mágica, y su rugir furioso es ahora un vago recuerdo de mi vida en Lanzarote, donde las olas rompen majestuosas contras las negras piedras volcánicas que componen su imponente costa.

Alzo la vista y contemplo el salir del carro de Apolo, que se eleva regio sobre la línea anaranjada y violácea del horizonte. Siento que me saluda y me da la bienvenida a mi nueva vida, a mi nuevo destino, aquí, en esta tierra exuberante y acogedora. Tierra que antaño visitaran piratas y conquistadores, mercaderes y esclavos, ahora remanso de paz y sosiego para ociosos burgueses.

Comienzo a pasear por la orilla, dejando que el velo suave del salitre refresque mi camino a ninguna parte. Sólo quiero disfrutar de este momento, inesperado hace pocas semanas. Distante de las personas que aprecio, pero, a la vez, cercano a sus sentimientos, que llegan a mí arrastrados por el susurro melancólico de la brisa oceánica.

Cierro los ojos y me detengo un momento. Suspiro. «Estás en el Caribe, Javier», me digo a mí mismo. ¿El Caribe? ¿Qué significa eso? ¿Acaso había mejor lugar que este para empezar mi nueva aventura?

Dejé volcanes y tradición isleña atrás, y ahora penetro, cual vulgar ladrón, en nuevas tierras. Paisajes selváticos por doquier, mezclados con interminables playas de nívea arena, lugar de encuentros furtivos de miles de amantes. Por mi amor a la vida, aquí me hallo ahora, nuevo conquistador de mi destino.

Atravesé miles de millas para llegar hasta estas costas, como hicieron mis antepasados. Valerosa lid se me ofrece, y no me aparto de mi senda. He cruzado este océano para reclamar mi recompensa, que no es otra que estar donde mis esfuerzos me han llevado. Soy, parafraseando un famoso poema, el dueño de mi destino; el capitán de mi alma.

De todo lo que viva y experimente quiero dejar constancia. Por eso, amigx míx, te doy la bienvenida a esta mi nueva historia.

He aquí mi Bitácora desde el Paraíso.